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Me criticas porque me tienes envidia

No, te critico porque eres tonta del culo.

Es algo que leí por redes sociales hace años (¿en el instituto?) y me hizo tanta gracia que, por lo que se ve, no olvido.

Sin embargo, creo que no va a servir más que a modo de introducción hoy, ya que de lo que quiero hablar es de todo lo contrario.

Llevo ya un tiempo dando vueltas sobre estas frases tan socorridas que utilizan las influencers, a veces de forma asertiva, a veces desde la más absoluta soberbia. Seguro que las has escuchado alguna vez.

Los haters son en realidad fans encubiertos. Lo que pasa es que me tienen envidia. Su vida está tan vacía que necesitan bajar a los demás a su pozo para sentirse mejor consigo mismos.

Y, ¿sabes qué? No puedo quitarles la razón.

Aunque a veces les pierden las formas, es verdad que desde el anonimato de las redes sociales se llegan a decir y leer unas cosas que meten miedo, y es necesario abordarlas de manera contundente. Nunca entenderé que se le desee la muerte a alguien por cualquier trivialidad, como una historia mal contada o no ponerle excesivas ganas a un videojuego. Ni siquiera un engaño lo justificaría.

Siento que estamos empezando a banalizar el poder de la palabra, perdiendo la capacidad de reconocer el sentido de lo que estamos diciendo. Si ni siquiera somos capaces de responder de nuestros propios actos, cómo vamos a permitirnos luego el lujo de hablar de salud mental. Y en el melón de la responsabilidad afectiva ni entremos.

Me vienen dos ejemplos claros a la cabeza ahora mismo. Por un lado, hace un tiempo Lara Fructuoso subió un Tiktok hablando de que estaba recibiendo comentarios bastante fuertes en todas sus redes sociales y, cuando al final denunció, tras una larga investigación, resultó que era una niña desde el móvil de sus padres. Una niña que claramente no era consciente de sus palabras, de que al otro lado de ese chat hay una persona con sentimientos y, por supuesto, de que podrían llegar a identificarla.

Y uno más reciente de la tiktoker @laurimathteacher, quien recientemente fue a una boda de una amiga con un vestido rosa pastel, demasiado claro según costumbres tradicionales, y empezó a recibir un aluvión de comentarios de mujeres sobre lo que le habrían hecho de haberse presentado así a su boda. Laura hace una interesante reflexión sobre el punto al que hemos llegado, de opinar y amenazar a una persona por no vivir su vida según nuestras expectativas; y el hecho de que, en este caso, son todo mujeres adultas, plenamente conscientes de lo que están haciendo y enseñando a sus hijos.

Llegados a este punto, no podemos seguir utilizando la excusa de que era una broma o, como antaño, un experimento social, como escudo para hacer y decir lo que nos da la gana. No todo vale, no se debería poder hacer humor de cualquier cosa en cualquier contexto.

No estoy atentando contra la libertad de expresión, pero tenemos que saber también con quién estamos hablando.

La cultura de la cancelación a personajes públicos, cuando ya hablamos de movimientos masivos, se nos va de las manos cuando no conocemos gran parte de la historia y su contexto y, aun así, nos unimos en masa contra algo que ni nos afecta de ninguna forma. No podemos hacer un escarmiento público ni jugar a ser los jueces populares de cualquier noticia que se publica, e ir a atacar física o virtualmente a una persona por lo que se dice que hizo.

Lo siento, recientemente leí el famoso 1984, de George Orwell, y estoy súper conspiranoica con el tema de la desinformación. Ya sentía esta desconfianza desde que hace años me propusieron participar en un documental, y vi cómo se tergiversaba todo en conveniencia de lo que se quería contar; y cómo, cuando salió, fue todo un éxito sensacionalista del que me negué a formar parte.

No estoy insinuando que no podemos tener criterio propio sobre lo que no nos parece correcto. Está muy bien saber ver las injusticias del mundo, aprender de las no tan buenas decisiones de los demás, y debatir con tus amigos sobre las últimas polémicas del momento. Lo que no es de recibo es tomarse la libertad de atacar conscientemente a alguien o liberar tu rabia interna con desconocidos en Internet.

Te voy a confesar una cosa, a ti que me estás leyendo un domingo más, o si es la primera vez que entras. El motivo principal por el que estoy abriendo este melón hoy es porque no me encuentro muy bien últimamente. De hecho, había empezado a escribir desde un tono muy distinto, pero al final me he dejado llevar y he acabado un poco hecha un lío.

Desde que tengo uso de razón, he sido una persona súper crítica conmigo misma y con el entorno que me rodea. He vivido en constante necesidad de hacer las cosas mejor, expresarme mejor, informarme más, ser mejor persona. Y eso entra en conflicto siempre con mi lado intransigente, produciéndome un estrés y una insatisfacción personal difícil de gestionar. Nada parece ser nunca lo suficientemente bueno.

Es un peso que cargo sobre mis hombros y, de alguna forma, también en los de las personas que me quieren.

Hace unos cuantos años fui plenamente consciente de esto por primera vez, de cómo me afectaba negativamente, y empecé a trabajar en mi paz mental. Intento pasar tiempo a solas conmigo misma, reflexionando, pensando en quién soy, cómo hago sentir a los demás; analizando mi vida, mis decisiones, y dando un paso atrás cuando me paso de la raya; aprendiendo a perdonarme y ser más amable con mis palabras. No ha sido un camino de rosas, y me trae más quebraderos de cabeza que satisfacciones propiamente dichas. Por lo menos no son alegrías tan evidentes como me gustaría.

Como he dicho, es algo que intento, es work in progress. Tampoco me considero una persona genial, abanderada de la asertividad y las buenas formas. De hecho, pienso que soy bastante insoportable en muchos aspectos.

Gracias a este trabajo introspectivo, he aprendido a darme cuenta de cuándo no estoy bien (aunque todavía no sé qué me funciona mejor para superarlo). Empiezo a estar irascible, todo me parece mal, no acepto un consejo, ni siquiera soporto que me hablen y, al mismo tiempo, estoy más predispuesta a la confrontación. Es entonces también cuando me empiezan a molestar las tonterías que sube la gente a sus redes sociales o cómo va vestida. Me veo a mi misma inaultando gratuitamente a gente para mis adentros, o en voz alta incluso.

No lo noto de inmediato, hay veces que llego demasiado tarde y ya llevo días envenenándome por dentro poco a poco en toda esa negatividad, y no sé cómo salir. Son más las veces que se me va de las manos que las que lo tengo bajo control, aunque nunca lo suficiente como para discutir de manera pública con desconocidos o atacar a figuras públicas..

Con todo esto quiero decir que, antes pensaba que las influencers eran unas prepotentes cuando reaccionaban de esta manera a los comentarios negativos pero, después de conocerme en este aspecto y ver cómo me altera lo más mínimo cuando me fallan mis pilares fundamentales, he sido capaz de verlo desde otro punto de vista. Aunque es posible que dentro del amplio grupo de gente que deja comentarios negativos en las redes sociales de los demás haya personas que lo hagan por envidia, esto no deja de se un reflejo de una carencia mayor.

Para nada estoy justificándoles ni cambiando el rol de víctima al agresor. Si algo he aprendido estos últimos meses, es que la vida es súper complicada ahora que todo tiene mil matices, y hay tantas formas de interpretar un suceso como personas en el mundo, y que estoy estresada, y que menos mal que no soy abogada y existen personas del derecho que se encargan de tomar decisiones sobre lo que es justo.

Hoy no hay recomendación relacionada con el tema. Ve a ver 'Robot Salvaje'. Respeta a tu madre.



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