Tenía escrito esto para el post de la semana pasada pero, con todo el tema de Valencia, no me parecía correcto seguir con la vida como si nada. De hecho, lo que sí hice fue escribir un poco sobre cómo me sentía viendo las diferentes posturas que surgieron de este desastre natural. No es la gran cosa, si tienes curiosidad, te lo dejo aquí.
La publicación de hoy viene cargada de rabia también, para qué te voy a mentir. A raíz del vídeo que comparto a continuación, no pude evitar ponerme a pensar en la cantidad de cosas que están mal en el mundo laboral y que, por desgracia, tenemos super normalizadas.
Aunque, afortunadamente, ya no me encuentro en un entorno tóxico de trabajo, no deja de ser algo que existe, que he vivido de primera mano, y que veo cómo gente cercana (además de las múltiples declaraciones que podemos encontrar por redes sociales) lo soporta a diario porque no queda otra.
Algo que me encanta de las nuevas generaciones es que no tengamos miedo a hablar abiertamente de estos temas. Que, aunque parezca que no podemos cambiar nada, sigamos alzando la voz por nuestros derechos y empecemos a dar luz sobre abusos hasta ahora invisibles.
Preguntar abiertamente cuánto cobra una persona de características parecidas a las nuestras pero en empresas diferentes, o mismamente a nuestros compañeros. Cuestionar las cosas injustas, aunque no estemos 100% seguros de qué hacer al respecto, y atrevernos a dar la cara por nuestro trabajo. Intolerancia a las tonterías y ojo crítico ante las falsedades.
Pienso que nuestros padres, hablando de manera completamente generalizada, fueron muy influenciados por la religión y su planteamiento más sumiso de ayudar al prójimo, y nos aconsejan siempre desde esa postura cuando nos encontramos ante una situación que no sabemos manejar.
Tú céntrate en trabajar, tienes que causar una buena impresión, si haces más que los demás te darán el ascenso, pide más cosas que hacer cuando no tengas nada, que vean que te implicas, trabajo es igual a éxito/prestigio.
Es esta misma postura la que ha ayudado a crear lo que se me hace un jefe tirano que se aprovecha de las pobres personas que no conocemos nada mejor. Esto lo digo desde el rencor que me da el conocimiento de causa, pero es que casualmente siempre es un señor semi rico cuarentón director de una mini PYME. Que te cuenta sus batallitas irrelevantes, subsiste a base de ayudas del Estado y sus cuatro clientes fieles (que seguramente le ha conseguido un amigo), y utiliza sus recursos humanos a capricho, saltándose todos los escalones del organigrama (donde los haya) y las matrices de responsabilidades (sujetas a indefinidas modificaciones).
Una persona que, desde luego, no se mancha las manos y que cuesta tomar de referencia como figura de autoridad. Que, como sabe que no tiene ni razón ni idea de cómo gestionar un equipo, lo soluciona todo con prontos, castigos y cambios de normas a conveniencia.
Son tantos los ejemplos que se me vienen a la cabeza... Desde el principio con la forma de redactar las ofertas de trabajo, los infinitos en infructuosos procesos de selección, hasta la nefasta realidad que te llega al final, como si las etapas anteriores no hubieran sido tediosas de por sí.
Dándole una vuelta, a nivel personal creo que lo que peor llevo es el paternalismo.
Que se salten toda la profesionalidad para fingir que sois súper amigos y crear ese ambiente de falsa confianza. Siempre acabas bajando la guardia y pensando que estáis en igualdad de condiciones cuando no es así para nada.
Obviamente no estoy diciendo que sea imposible llevarte bien con tu jefe o la gente del trabajo pero, si aprendes a distinguir, de repente lo tienes llamándote a tu móvil personal fuera de horario para que vayas a apagarle los fuegos a la ciudad vecina. Y ¡cómo vas a negarte a hacerle un favor a un amigo!
Esto se ve muy bien en el libro de El descontento, de Beatriz Serrano, cuando habla de las intenciones ocultas de esta nueva moda de los Team buildings (o 'convivencias', para mis amigos menos fans del inglés).
El otro día fui a cenar con unos compañeros de clase y, como siempre, surgió el tema de cómo nos encontrábamos en el trabajo.
Uno de ellos lleva dos años en la empresa y llega al salario mínimo a base de complementos inventados, tiene el peor horario que he escuchado jamás (para ser trabajo de oficina) y encima se dedica a ser el saco de boxeo en los desacuerdos entre sus diferentes superiores.
Otro, tiene mejores condiciones, pero coincide en que, como demuestres que sabes hacer las cosas, serás el activo más cotizado. Por supuesto a cambio de nada.
Otra amiga me ha dicho recientemente que, como se marchó un senior de su empresa, la van a hacer responsable de alguno de los proyectos que llevaba, pasando de estar tras las pantallas y bajo supervisión a representar a la empresa y dar la cara ante los clientes, con un aumento de salario igual a cero. Pero no va a reclamar 'porque le da pena' el papelón para sus jefes de que el otro les haya plantado el preaviso de un día para otro.
Recuerdo que hace años, la dirección de donde trabajaba otra chica cometió una negligencia que le costó varios fines de semana de horas extra no remuneradas a todo el equipo. Cuando una compañera no pudo acudir a esta llamada por tercer semana consecutiva, con motivos personales totalmente justificados, la invitaron a irse cambiándola de departamento y relegándola de sus proyectos.
Mi pareja tiene un sermón nuevo cada mes. Cuando no es un cambio de horario sacado de la manga sobre la marcha, es un uniforme impuesto de hoy para mañana. Horas extras sin pagar ni compensar, imprevistos que su jefe afronta con gritos y chantaje, vacaciones sin disfrutar precisamente por ese sentimiento de pertenencia a este circo que llaman 'gran familia', pagos en negro para evitar los impuestos, cenas de navidad que corren de tu bolsillo.
El año pasado estuve trabajando de comercial para una empresa de seis (dos eran los socios fundadores) y me hacían pelear con mi compañera por la asignación de clientes. El que debía llamar jefe cantaba las cuentas como si de una subasta se tratase, y nosotras teníamos que saltar por ella y justificar por qué creíamos que éramos mejor que la otra para conseguir firmar el contrato. Él se divertía con eso, y yo podía ver por sus ojos que ella también, pero a mí nunca me funcionó el sistema de la intimidación. Todos los clientes que hice fue con honestidad y amabilidad.
Se burlaban de mi nivel de inglés juntos cuando ninguno era capaz de juntar dos palabras seguidas.
Como era mi primer trabajo, y encima entré en noviembre, me dio vacaciones de menos porque según él no las había generado. Y, por supuesto, en lugar de explicarme cómo funcionaba eso de generar los días de vacaciones, dejó clara su posición de poder sobre mí contándome una anécdota irrelevante sobre cómo a él le habían llegado a tener un año entero sin vacaciones en uno de sus primeros trabajos. Me encanta que haber sido explotado te haya enseñado a explotar en lugar de decir 'Joder, ya sé cómo no quiero que me traten, voy a ser mejor que eso'.
Cuando me echó, se hizo el padre comprensivo pero, como todavía tenía que ir dos semanas más, al día siguiente no dudó en gritarme y menospreciarme en medio de la oficina, dejando claro en varias ocasiones que lo que yo hacía no valía para nada. Fue muy divertido, la verdad. Como salir de una relación tóxica de pareja, las secuelas son difíciles de superar.
Al menos me llevé un amigo.
Conozco gente que ha trabajado un año entero gratis para que al final les despidieran de la forma más cobarde posible y sin justificación; gente a la que han humillado delante de los clientes; a la que se le cuestiona sus aptitudes en cada cosa que hace; gente que no sabe leer una nómina o qué es el convenio colectivo, y después de años descubre que está cobrando muy por debajo de lo que le corresponde porque no está bien definida su categoría profesional; gente que tiene que hacer formaciones cubiertas por la empresa pero fuera del horario laboral; gente que, para cubrir la baja de un compañero de otro departamento, tiene que sumar tareas nuevas a sus funciones habituales y acaba el día con la cabeza frita.
Por desgracia, la lista de ejemplos podría hacerse eterna, y esto son solo cosas que veo en mi círculo más cercano, en el ámbito de la oficina y en un supuesto primer mundo en cuya definición no quiero entrar. No puedo llegar a imaginar todo lo que se me escapa.
Qué tal te ha ido a ti. ¿Has tenido más suerte o tienes una experiencia parecida?
Tengo que decir que, dentro de que soy consciente de que el trabajo no va a ser la fuente de felicidad de mi vida, soy muy afortunada de trabajar en la empresa en la que estoy ahora. Por lo menos el equipo con el que más me relaciono y que conozco, está compuesto por personas con un amplio bagaje, que compensan con creces toda mi ignorancia. Han trabajado en diferentes sitios, más o menos tiempo, tratado con todo tipo de clientes, jefes, filosofías de empresa, condiciones... y tienen claros sus límites y cómo ponerlos. Cayéndome mejor y peor, puedo decir que son gente a la que admiro y de la que aprendo a diario.
No voy a ser tan prepotente de decir que, si no estás a gusto te cambies, porque sé que no es tan fácil y la cosa solo parece ir a peor.
Sin embargo, lo que sí puedo confirmar es que existen condiciones mejores, personas mejores, y jefes que solo quieren un equipo de fiar para poder estar a lo suyo tranquilamente. Existen empresas que van por el libro y que no ganan nada timándote.
Por supuesto que no son la panacea, pero sí un pequeño oasis en el desierto.
El trabajo es una obligación de la que no podemos escapar, a no ser que te lo paguen todo papá y mamá. Dentro de nuestras posibilidades, intentemos optar a lo mejor.



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